HISTORIA DE LA ORDEN
La orden del Carmen nació en Tierra Santa. Fue iniciada por un grupo de peregrinos (que venían de occidente) y unos cruzados que, atraídos por Nuestro Señor Jesucristo, el Dios que se hizo Hombre para salvarnos, llegaron hasta su misma tierra para vivir en su obsequio, buscando su reino. Siguiendo las inspiraciones del Espíritu Santo, estos peregrinos, tras dejar sus bienes materiales; y los cruzados, después de colgar sus armas y vestiduras bélicas, se ubicaron en las bellas laderas del Monte Carmelo, junto a la fuente de Elías. En este gran profeta, cuya palabra ardía como antorcha, vieron los primeros carmelitas el ideal de vida que se proponían vivir y siguiendo su ejemplo, tomaron como arma la Palabra de Dios. Al meditarla continuamente en su corazón, renovaban su mente y vivían el reino de Dios. En medio de un ambiente hostil, sus vidas hablaban de gozo y de paz… Siendo conscientes de que al obedecer, desarrollaban en su espíritu la libertad de los hijos de Dios, y cooperaban con el plan de salvación, se sujetaron a la autoridad de uno de ellos. En el centro de su eremitorio construyeron un templo en el que se reunían y celebraban la Santa Misa. Esta iglesia fue dedicada a María Santísima, la Madre de Dios, a quien proclamaron su Patrona y “Señora del Lugar”. Este acto filial les mereció el nombre de “Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo” con el cual fueron designados. Confiados a la protección de tan singular patrona, vivían una vida sencilla que transcurría entre el trabajo manual, la penitencia, la oración, y la contemplación de las cosas divinas.
Tras el IV Concilio Lateranense se dio orientación y directivas para poner orden en la multiplicidad de nuevas formas de vida, aparecidas espontáneamente por el deseo de una vida evangélica más coherente a ejemplo de los apóstoles. Entre ellos se encontraban desde 1208 los seguidores de San Francisco de Asís y de Santo Domingo de Guzmán y, muchos otros grupos de eremitas a los que se les hizo confluir progresivamente hacia una única Orden. Es loable la actitud de los carmelitas, apreciaban tanto su fórmula de vida que prefirieron pasar por la inseguridad antes que aceptar una de las reglas ya aprobadas. Ellos anhelaban servir también al prójimo (no sólo a sí mismos) a través de la predicación, de la confesión y de diversas obras de caridad y se encomendaron a su celestial Patrona. Por esta intercesión, el Señor los escuchó y concedió el deseo de su corazón: El Papa Honorio III en 1226 aprobó la fórmula de vida dada por San Alberto. Tres años después obtuvieron una nueva confirmación por el Papa Gregorio IX, y finalmente, el Papa Inocencio IV confirmó la mencionada forma de vida, con algunas añadiduras y modificaciones que le confirieron el valor jurídico de Regla a través de la Bula “Quae honorem conditoris” (1247). En adelante los carmelitas podrían hacer sus casas también en las ciudades (no sólo en lugares solitarios) viviendo al estilo de las órdenes mendicantes. Este cambio de vida les produjo una gran difusión de tal manera que en 1291, cuando tuvieron que abandonar definitivamente Tierra Santa, la Orden ya estaba extendida en toda Europa, y en la actualidad, se encuentra casi en todo el mundo… para mayor Gloria de Dios y honra de su bendita Madre tierna y cariñosa, la flor y hermosura del Carmelo.
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